El asesinato de la mujer doble (4)

Martín, despierta! —le gritó por el móvil García ‘El corto' al inspector Martín, que estaba en el mejor sueño del centro de la noche y maldijo confusamente— ¿Has precintado el piso de Amalia L. L.? Amalia madre ha entrado allí esta noche buscando sus gafas: aquellas gafas grandes que aparecieron entre la ropa sucia de la lavadora. ¿No las dejarías allí?
—Pero las tenemos nosotros —protestó Martín—. Nos llevamos todos aquellos trapos y las gafas para buscar sangre, y, que yo sepa, están en el laboratorio.
García ‘El corto’ suspiró con alivio.
—Martín, envía a alguien al piso ahora mismo y que no se mueva de allí.
El inspector gruñó una carcajada.
—¿Crees que mi personal se multiplica como los panes y los peces? No se puede asignar a nadie para que vigile un piso vacío.
A García ‘El corto’ le costó todo el saldo de su móvil y una invitación a cenar en su casa, con Maribel, pero consiguió que Martín se levantase y fuese al piso de Amalia L. L. a las cuatro de la mañana.
La bombilla del rellano del tercer piso continuaba fundida, y, como la escalera no tenía ventanas, sólo el fluorescente de la cabina del ascensor lanzaba un reflejo muy débil y lívido sobre las cosas. Cuando la cabina descendió, la tercera planta quedó en tinieblas.
—Espero que tengas una buena explicación para esta faena —le riñó Martín, que llevaba una vistosa camisa de franela morada. Las flores delicadas que empapelaban las habitaciones de Amalia L. L. parecieron desdibujarse y temblar al verlo.
García ‘El corto’ le contó a su amigo su paseo de medianoche, su encuentro con Amalia madre, sus impresiones… No le mencionó a «Furacroyos», no le pareció necesario.

—Tenemos que buscar gafas, Martín. Todo lo que se relacione con gafas: Fundas de gafas, toallitas para limpiar gafas, recetas de gafas, facturas de gafas, fotos con gafas…
Y García ‘El corto’ empezó la pesquisa en el cajón que tenía más cerca.
Martín le miraba hacer, se pasaba los dedos por los ojos soñolientos y se daba golpecitos en los labios, perplejo.
—Entonces, según tú ¿qué es lo que sucedió ayer noche aquí?
—Celos, dinero y envidia sobre todo. Nuestra Amalia, la hija, era joven, normal, estaba yendo bien en su trabajo… y le gustaba al amigo «Furacroyos». Eso es importante.
En cambio, Amalia L. L. madre es una perdedora: no consiguió un padre para su hija ni una casa propia, vive de emociones virtuales, aislada en una residencia que no puede pagar ella sola… Es brillante y se desvive por agradar, por parecer más joven… pero a pesar de todo no la quieren.
Ayer por la tarde estuvo aquí, y su hija le contó que iba a salir con el tipo a quien ella llevaba meses persiguiendo. Imagina que se lo cuenta cuando sale de la ducha desnuda, mientras se pasea por el piso envuelta en esa toalla grande de baño que encontramos en la lavadora, enseñando piernas, con su cara tersa, tonta, feliz… Un grito, un insulto, un empujón, un suelo mojado, y Amalia había matado a su hija.
Puede que luego intentara ayudarla, que la abrazara, que le quitase la toalla para ver... y que en ese momento perdiese las gafas, que quedaron dentro de la toalla. Luego, en un acto reflejo, introduce la toalla en la lavadora… estaba sucia, es muy femenino eso…
Después intenta huir, salir de allí como sea. No se acuerda siquiera de su bolso, lo olvida encima de la mesa. Habrás visto que el descansillo de la escalera está completamente en tinieblas: por eso no cerró la puerta; si se hubiera quedado a oscuras, habría perdido el juicio, no habría podido escapar. Llegó a la residencia de noche y llamó para que le abrieran. Explicó que su hija la había traído y que se había dejado el bolso en su coche... Es significativo ¿verdad?
—Sí, desde luego. Se estaba fabricando ya una coartada. Nunca quiso contar lo que había hecho, sino salvarse ella. ¿Te parece que eso le ayudó a conservar la cordura? Cuando yo la interrogué por la tarde estaba en su juicio, sentía un dolor real que nos impresionó a todos los que la vimos.
—No es raro que se recuperase. Date cuenta, Martín, de que se ha convertido en propietaria de un buen piso, va a cobrar un dinero del seguro de vida y tiene… “ella” tiene… una cita con el hombre que le gusta. No puede enloquecer hasta ver el resultado de su juego amoroso, sólo continúa intentando borrar sus huellas y por eso necesita recuperar sus gafas.
—Y este «Furacroyos», ¿tú crees que la querrá ahora?
—Ya veremos. De momento, ahí tienes tu caso.
—Hum. Sí. Bonito. Pero no tenemos pruebas, Juan. Es pura fantasía. Una madre que mata así a su hija, por celos…
—No, no. Envidia, envidia de todo lo que la joven tenía y ella no había podido conseguir. Tienes muy idealizadas a las madres, Martín.
—Es que la mía es estupenda —suspiró el inspector con gran alivio, evocando la imagen de su todavía joven madre en uno de sus momentos de buen humor.
Al amanecer encontraron las facturas de las últimas gafas de Amalia L. L. hija en el lugar donde debían haber buscado primero: en el archivador de las facturas. La receta correspondía, efectivamente, a una miopía ligera.
Por la mañana les confirmaron que la toalla de baño contenía manchas de sangre, y que las gafas también estaban manchadas. Y aún más: en uno de los cristales aparecía una huella dactilar que correspondía a Amalia L. L. madre, formada con aquella misma sangre de la muerta.
Cuando el inspector Martín fue a detenerla a mediodía la encontró acostada en su cama sujetando boca abajo unos retratos de su hija. Los que faltaban en el escritorio. No pronunció una palabra, ni volvió a hablar en los años que vivió todavía. Había perdido la razón por fin.
García ‘El corto’ sabía que la cita que ella esperaba sí había tenido lugar: en la puerta de la residencia, por la noche, buscando las llaves, a las vista de todos… El esperado amante había rehuído intimidades, le había tenido miedo… Eso bastó.
—Como aquella Sibila —le comentó al inspector Martín mientras cenaban con Maribel aquella noche, como le había prometido—, pudo quitarle todo a su hija, pero no pudo llevarse el encanto, la gracia, que tiene la juventud.
—¡Oh, sí, de acuerdo! —contestó Martín pasándole el pan a Maribel, que comía con ganas y sin hacerles mucho caso
El asesinato de la mujer doble (3)
Pero Juan García ‘El corto’ tenía el sueño difícil de la gente madura. Rumiaba la conversación con «Furacroyos», tan importante…
La mujer que se escondía en el nick «AmaLiLo» había cambiado de forma de ser, había perdido su bondad plúmbea, su cultura, y se había vuelto sexy. ¿Quizá porque a «Furacroyos», el Hombre con mayúsculas de aquel asunto, le gustaban así?
¿Cuándo podría identificarlo el inspector Martín?
Se vistió y salió a caminar un rato por las calles nocturnas. No pensaba en nada concreto, pero sin darse cuenta llegó hasta el barrio norte y se detuvo frente a la residencia donde vivía «AmaLiLo».
Era un chalet antiguo, que estaba a oscuras y en silencio.
Quizá «Furacroyos» se asomase aquella noche por los alrededores, preocupado, igual que él. Le había parecido un tipo que básicamente no quería implicarse en problemas y procuraba mostrarse superficial, pero que, en el fondo, no conseguía dejar de ser inteligente. Lo sucedido tenía que preocuparle, y mucho.
Había un café abierto enfrente y la calle estaba concurrida. La ciudad no se detenía nunca. La luz de la luna alimentaba locuras frágiles que no resistían la prosa cruda del sol.
Un hombre mayor, de buen aspecto, dobló la esquina y se detuvo en la verja. Observó las ventanas oscuras, separó un poco la hiedra y atisbó el jardín. Luego se apartó sin rumbo, como pensando, y por fin cruzó la calle y entró en el café.
¿«Furacroyos»?

García ‘El corto’ lo alcanzó cuando se estaba sentando junto a una ventana. Se presentó claramente, sin esconder que defendía los intereses económicos de una compañía de seguros opuesta a «AmaLiLo», quien quiera que ella fuese.
El inspector Martín lo mataría si quemaba el testigo. Aquella tienta nocturna era una temeridad. Como los buenos toros, los testigos importantes se resabiaban con sólo un par de capotazos, y después dejaban de dar información, se limitaban a contar cosas inútiles que no les implicaran.
Pero «Furacroyos» respondió bien: con cauteloso alivio. No estaba solo con el problema, otros también se habían dado cuenta de que algo no funcionaba en «AmaLiLo»
—Me la presentaron en persona hace unos seis meses —contó «Furacroyos», cuyo nombre no daremos puesto que García ‘El corto’ nunca lo mencionó en sus informes—, y también a mí me pareció mucho más joven… pero era un muestrario de alta cultura años sesenta: feminismo, autosuficiencia, inteligencia… y un miedo cerval al sexo, al amor, a las más sencillas palabras de cariño, incluso. Veía una agresión en todas las caricias. Una chica estupenda pero… bueno, mi mujer, que falleció hace ya cinco años, se parecía mucho a ella, en vida… el mismo tipo de charla interminable. Brillante, pero interminable. Yo estaba buscando una persona más tranquila y, si usted me entiende, más joven, incluso.
García ‘El corto’ lo entendió perfectamente. Ya le había parecido que «Furacroyos» era una persona muy convencional, que buscaba un poquito de diversión y ningún problema. Un viudo de buena presencia, con un empleo seguro, que podía elegir y que quería, quizá, recuperar tiempos perdidos.
—Luego descubrí que entendía de los temas bursátiles que yo manejo en mi trabajo —continuó «Furacroyos», animado por el café y la impecable atención—. Nos comunicábamos muy bien. De ahí, pasamos a lo personal, siempre en los privados del chat, y era muy simpática, no le asustaba un poquito de sexo, ya sabe, insinuarse, ponerse un poquito picante, qué ropa llevas hoy, cómo te gustaría que te la quitara… Por eso ayer mismo estuvimos haciendo planes para vernos y algo más… Ya me entiende.
García ‘El corto’ lo volvió a entender. Evidentemente, «Furacroyos» había estado coqueteando con «AmaLiLo» hija en los últimos tiempos.
Un taxi se detuvo en el vado de entrada a la residencia, y Amalia L. L. madre se apeó. Había recuperado su aspecto bien cuidado: un traje que le sentaba, medias transparentes y zapatos finos. El pelo había vuelto a ser rizado y esponjoso.
El bolso, sin embargo, era aquel viejo adminículo de plástico que llevara por la mañana al interrogatorio. Ella rebuscaba en su interior pero no encontraba nada. Lo sacudió, hizo un mohín con su boquita bien pintada.
«Furacroyos» se levantó de un salto, pero ‘El corto’ lo sujetó por un brazo.
—Oiga, esto es importante. ¿Por qué no encuentra Amalia las llaves de la puerta?
«Furacroyos» se quedó un momento en suspenso, sorprendido.

—¡Ah, porque no lleva puestas las gafas! —respondió por fin— Es tremendamente présbita. Cuando la conocí llevaba unos cristales grandes que le hacían enormes los ojos, ya sabe…
García ‘El corto’ asintió por tercera vez. Sí que sabía. Ahora ya había encontrado lo que había ido a buscar. Sonrió con su mueca gatuna: Acababa de avistar su ratoncillo.
Vio por la ventana cómo «Furacroyos» saludaba a «AmaLiLo». Él encontró la llave y la ayudó a abrir la puerta. Empezaron a despedirse.
García ‘El corto’ no aguardó a que «Furacroyos» volviera al café. Hasta entonces no habían estado nunca los dos juntos en pie, y el detective no quería que llegara la hora de marcharse porque no quería salir caminando medio metro más abajo que aquel hombre tan bien plantado.
Dejó una tarjeta sobre la mesa, abonó las consumiciones rápidamente en la barra, y salió.
El asesinato de la mujer doble (2)

Juan García ‘El corto’ y el inspector Martín sabían lo difícil que era dormir la primera noche de una investigación, cuando estaba fresca la memoria del cadáver real, cierto, tal como lo habían tenido que mirar y tocar. Tenían mil soluciones para aquel asesinato, y ninguna era suficientemente buena. Necesitaban desconectar, hablar con alguien ajeno que les espantase los ojos abiertos y fijos de Amalia, y por eso se refugiaron en casa de ‘El corto’, donde vivía todavía su hija pequeña, Maribel.

La muchacha, en los dieciocho, había sido muy capaz de librarles de sus obsesiones sólo con estar presente. Había algo en su flequillo bailón y en sus ganas de charlar y de reírse que alegraba las penas. Habían cenado bien los tres y, cuando Maribel dio las buenas noches y se marchó a dormir, ellos la despidieron ya tranquilos.
‘El corto’ se quitó los zapatos, tiró de los calcetines y se acarició los dedos de los pies con gran alivio.
—¡Mujeres! —sonrió vagamente hacia el salón en orden, la mesa bien recogida, el suelo limpio de migas.
—¡Mujeres! —asintió el joven Martín con tres cuartos de suspiro, mirando hacia el pasillo estrecho por el que había caminado Maribel hacia su cuarto tan graciosamente, como sin gravedad, sin tropezarse ni una sola vez con la alfombra, con la cómoda, con el paragüero...
Pero las obsesiones volvieron enseguida, y los dos hombres acabaron la velada en el ordenador, intentando localizar el canal de chat donde Amalia L. L. había estado escribiendo la última noche.

El inspector Martíbn, que había estudiado los mensajes en el pc de Amalia L. L., reconoció unos cuantos nicks. Charlaban tranquilos, sin mencionar el crimen; quizá no lo conocían todavía. Pero a las once y media de la noche, Martín saltó en la silla y señaló la pantalla poniéndole un grueso dedo encima.
—No puede ser… ¡está ahí!
Acababa de entrar «AmaLiLo», el nick de la fallecida.
»Estoy triste —escribió. Y el coro de amigos le preguntó la causa.
»¿POR QUÉ, PRINCESA? —se destacó en mayúsculas un tal «Furacroyos»

»Mi hija ha tenido un accidente —contestó «AmaLiLo», como si hubiera estado esperando que fuera él, «Furacroyos», quien se interesara personalmente.
García ‘El corto’ apartó el índice de Martín de la pantalla con un gruñido. Era increíble que aquel joven tan preparado pudiera creer en espíritus, en almas que venían a escribir después de muertas. Se trataba claramente de Amalia madre, que estaba contándole a sus amigos lo que había ocurrido.
Era probable que las dos hubieran compartido nick. Amalia madre había dicho que ella había enseñado a su hija a chatear, que le convenía conocer gente nueva... No sería extraño que dos personas tan apegadas, que incluso tenían el mismo nombre en la vida real, se hubiesen avenido a compartir su identidad virtual en alguna ocasión.
García ‘El corto’ recordaba que su propia hija, Maribel, cuando era pequeña, disfrutaba quitándole el sitio delante el pc para intervenir ella misma sustituyéndolo. «HollllaaaaaaaaaaaaFeaaaa» escribía con mucho trabajo. Y después ‘El corto’ tenía que dar todo tipo de explicaciones a la persona con la que había estado charlando.
El chat proseguía su loca marcha; las frases de condolencia, de simpatía, para «AmaLiLo» brotaban en el umbral inferior del recuadro de texto, subían como la espuma y desaparecían tragadas por el borde dintel, a velocidad de vértigo.
Martín leía atentamente, pero García ‘El corto’ no tenía paciencia, y pasó a la acción: Cambió el nick ‘invitado’ con el que había entrado por uno muy femenino: «melocotones»
Soportó estoicamente las bromas de su compañero.
Una hora después había conseguido abrirle un privado al mencionado «Furacroyos» que tanto le interesaba a «AmaLiLo». Si había un hombre en el asunto, bien podía ser él.

»Buenas noches, encanto —escribió ‘El corto’-«melocotones» en el privado.
»Buenas sean. ¿Qué haces por aquí? ¿Qué se te ofrece? —replicó «Furacroyos» muy cortés y anticuado. Un hombre mayor, probablemente. Escribía bien, una persona culta.
La charla intrascendente puso de relieve que «Furacroyos» sólo conocía una «AmaLiLo»; para él era una única persona.
»Ibamos a salir este fin de semana ella y yo, pero ya no podremos vernos en muchos días. Quería mucho a su hija y estará destrozada —escribió «Furacroyos» con preocupación, desahogándose con la desconocida «melocotones» que se mostraba tan amable con él. A veces se cuenta a los extraños, en los chats, esas cosas que no da tiempo, que no ha lugar, que son importantes para las personas que están a nuestro alrededor todos los días, que nos importan.
La cita se había concertado la tarde anterior, unas horas antes de la muerte de Amalia L. L.
«Furacroyos» abandonó el chat una hora después. Quería salir a la calle, pasear, estaba nervioso, dijo. 'El corto' se despidió de él y cortó la conexión.
—Deberías rastrear a «Furabolos» —le aconsejó al Inspector Martín—. Averigua su identidad, habla con él en tu despacho, oficialmente. Era la persona más importante en la vida de Amalia aquella noche.
—Descuida —le contestó Martín, a quien se le cerraban los ojos de sueño. Y se despidió de su amigo con un enorme bostezo.
El asesinato de la mujer doble (1)

Juan García ‘El corto’ era un detective privado bajito, gris, de mediana edad, recio como un gato montés y con la misma sonrisa que si hubiese avistado un ratoncillo sabroso.
La compañía de seguros donde trabajaba le había asignado el caso de una señorita que había resbalado en el baño de su apartamento, con malos resultados. El inspector Martín, de la policía, que estaba ya in situ, lo había reclamado a él expresamente, porque habían trabajado juntos antes y ya eran como amigos de toda la vida... o mejor dicho, de toda la muerte.
La mujer vivía sola. El barrio era tranquilo y la casa, vieja. El apartamento era anticuado, grande, femenino: orden, suavidad, dorados, cojines de flores, cortinas de flores, alfombras de flores, cuadros de flores...
No había luz en el rellano de la escalera, pero la puerta estaba abierta. La habían encontrado abierta los vecinos que salían al trabajo de madrugada. Habían entrado y habían descubierto el cuerpo.
García ‘El corto’ vio a su amigo Martín al fondo, jugando con el ordenador del despacho, sonriendo, desentonando entre la multitud de flores de otoño. Llevaba una escandalosa sudadera negra del Racing Rugby Vallecas Club... o nombre similar, que aparecía en una lista roja alrededor del pecho. Se saludaron con una sonrisa: la de ‘El corto’, maliciosa; la del inspector Martín, encantadora, pues se trataba de un joven de muy buen ver que no tenía otra cara posible, muy a su pesar.
—¿Cómo has averiguado tan pronto que la mujer estaba asegurada con nosotros? —le preguntó ‘El corto’ observando alrededor.
También el despacho se veía pulcro. Había varios aparatos de electrónica de calidad, costosos. La fallecida había tenido un cargo medio en una empresa de auditores y le iba bien en el aspecto económico.
'El corto’ echó de menos las fotografías, ni siquiera estaba el clásico marco al lado del teléfono.
—Hemos encontrado los recibos pagados del seguro de vida, hecho con tu compañía, en la carpeta que dice ‘Mis Seguros' —le señaló Martín—. Pasa primero a ver el fiambre, y después te enseñaré lo que hemos encontrado.

El cuerpo frío de la mujer desnuda estaba tirado en el suelo del cuarto de baño. El golpe de la nuca estaba marcado con sangre en el borde de la bañera. ‘El corto’ se santiguó. Nunca había estado de más.
Había sido una rubia menuda, agradable de ver, bien provista de todo, aunque no hermosa. Una media edad entre los treinta y cinco y los cuarenta años. Una boca abierta, fláccida, y unos enormes ojos verdes, desorbitados por la sorpresa de morirse así, sin necesidad, que la hacían parecer tonta.
Los detalles de la casa estaban bien para un resbalón fortuito. Se habían encontrado unas gafas graduadas entre la ropa sucia de la lavadora... quizá un descuido... Pero, por supuesto, la puerta de la calle abierta indicaba un asesinato, una huída precipitada.

García “El Corto” volvió junto al inspector Martín con mal sabor de boca. Martín le mostró el ordenador. La fallecida había estado escribiendo en un chat hasta la medianoche.
—No apagó el contacto cuando se levantó para ir a la ducha —le explicó Martín—. He podido leer todos los privados: lo que ella había escrito, y lo que le habían contestado. Será muy sencillo rastrear los contactos, las amistades.
—¿Privados calentitos? —se interesó “El Corto” agachándose sólo un poco para poder mirar la pantalla, porque su breve altura no requería más gimnasia.
—No, muy curiosos. Parece que esta mujer era lo que yo llamo una sibila. Una persona que predecía el porvenir.
Martín era un hombre fino, culto y leído, que fantaseaba incluso cuando estaba de servicio. García “El Corto” tuvo que traducir.
—Ya. Una aficionada a echar las cartas, una pitonisa.
—No, no; algo muy distinto. Observa Se trata de una de estas personas buenas, muy tranquilas, razonables, a las que todo el mundo pide consejo. Una mujer decente de la que todo el mundo se fiaba. Tenía ideas románticas sobre la vida y daba consejos bienintencionados. Pronosticaba unos futuros estupendos a quienes también eran buenos y trataban bien a los demás... esa clase de ingenua. Sabía demasiado, demasiados secretos ajenos, y quizá por eso la hayan matado...

Martín señaló señaló la mesa grande de la sala donde yacía un bolso abierto, ya registrado. El contenido estaba al lado: un monedero, documentos… un carnet de identidad, uno de conducir...
—¿Sabes que esta mujer tenía sesenta y siete años? —le indicó.
—No es posible —se sorprendió García “El Corto”—. Pero si era casi joven… esos pechos, esas piernas…
—Son sesenta y siete años —insitió Martín.
‘El corto’ observó los carnets: Amalia L. L. Bonito nombre, apellidos corrientes. A él le pareció que los documentos eran auténticos. En las fotografías, una cara sin nada especial, sin marcas, sin edad. El cuello, sus arrugas, estaban ocultas dentro de un jersey cisne. La cabellera era clara, con muchos rizos en desorden, muchas sombras sobre la frente… Unas gafas que agrandaban y desdibujan los ojos. ¿Quién podía asegurar que no era la misma rubia?

El cuerpo desnucado de Amalia L. L. le miraba desde el suelo del baño. Los auxiliares forenses le estaban tomando muestras con frialdad. El corto’ se jugaba la comisión que le correspondía por aquel caso, a que no superaba los treinta y cinco años, con sus pezones rosados y sus piernas firmes... Pero los ojos fijos de Amalia L. L. no parecían tener nada mejor que hacer que mostrarle a él su asombro, su desamparo. Sintió lástima, le hubiera gustado ayudarla. Tenía tan poca dignidad aquella muerte...
Y el asunto, en el fondo, no podía ser más sencillo...
No pudo resistir la tentación de contarse un punto sobre el joven inspector Martín
—Martín, óyeme un momento —se acercó cachazudo con su media sonrisa—: ¿Qué sabes de la madre?
Todo el perfil latin-lover del inspector Martín parpadeó una vez, dos, tres veces… Luego se levantó como una flecha de la sillita rodante del ordenador y salió a interrogar a las vecinas.

Por la tarde ya lo tenían todo. La madre de la fallecida, también llamada Amalia L. L. —soltera—, era una maestra jubilada que vivía en una residencia de buena fama, en el extremo del barrio norte. Martín la había citado a las cuatro para tomarle declaración, y ella había acudido vestida de luto y llorando.
García “El corto” tomaba notas en otra silla. Intentaba ver la figura, la persona, más allá del ropaje, sin dejarse impresionar más, pues aún le atormentaban los ojos del cadáver.
Los ojos de Amalia L. L. madre eran más claros, pero más firmes también. Ojos de maestra. Había un gran parecido, pero todo lo que en la hija era redondo y suave, en Amalia madre estaba adelgazado y formaba una fisonomía moderna, afilada. En las fotografías parecía una mujer mayor pero muy bien conservada, y sin embargo, ahora su aspecto era una ruina.
'El corto’ se preguntaba qué elementos, que partes en ella, la hacían parecer una bruja... El pelo plastado con agua y horquillas; el vestido viejo, arrugado; las zapatillas de paño negro... El bolso era de humilde plástico. Nada que ver con el buen cuero del que habían encontrado sobre la mesa.
—Me olvidé el bolso en el coche de mi hija cuando me llevó a la residencia, a la hora de la cena. Tenía hambre, entré deprisa… —declaró Amalia L. L. madre con la voz rota y los ojos bajos. Había dolor, y también aungustia por el futuro, pues era su hija la que completaba los pagos de la residencia—. Era muy buena —sollozó la mujer—, una niña sin picardía, siempre ocupada, que no tenía amigos fuera del trabajo… Yo le tuve que enseñar a usar los chats para que pudiera conocer gente nueva… —Se llevó el pañuelo a la boca y calló. Los hombres respetaron el llanto. Impresionaba.
Cuando se fue, el inspector Martín llamó aparte a García “El corto”
—¿Cómo está la póliza del seguro de vida?
—Concienzuda, previsora… como la misma Amalia. El beneficiario es el banco que hizo la hipoteca sobre la casa. Te dejo una fotocopia. Amalia madre será dueña de un piso totalmente pagado, y esto cambiará su vida… ¿Qué sabes de ella?
—Internetera muy enganchada —leyó Martín en sus notas—. Tiene su portátil en la residencia.
—¡Ah, “cherchez l’homme”! —apuntó “El corto” pensativo. Y, de nuevo, Martín parpadeó mucho mientras procesaba la malicia de su compañero.
Buenos días

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